Volver a casa

Han pasado nueve meses, un poco más. Nueve, desde que pisé por última vez esta tierra. Vuelvo a pisarla, ahora, con la naturalidad de quien se ha alejado solo por un momento de casa, para volver enseguida; con la serenidad de quien, yéndose de viaje durante unas semanas, sabe que a la vuelta todo seguirá en su sitio, tal como lo ha dejado. No me sorprende esta sensación, pero tampoco la esperaba; me llega con total naturalidad, como si fuera la más normal, la más probable, después de estar 9 meses fuera. No recuerdo haber tenido esta sensación antes, al volver a Sicilia despues de tanto tiempo. Al contrario, recuerdo que cada vez que volvía tenía unas expectativas exactas que puntualmente se cumplían: llegaba con una idea precisa de cómo iba  a ser el momento en que veía la tierra desde arriba y, aún desde lejos, la silueta del volcán; el instante exacto en que respiraba  el aire al salir del avion y sentía el calor del  sol en la piel, con su correspondiente sensación corporal. Todo esto lo esperaba siempre con anhelo, hasta con cierta ansiedad. Y ahora nada de esto, sino tranquilidad, naturalidad y (me da miedo pensarlo y decirlo) cierta indiferencia.

Intento imaginar qué puede haber pasado en estos nueve meses, qué puede haber cambiado en la percepción de lo que para mi es el estar aquí y que tiene un efecto tan evidente en mi vivencia de hoy. Lo primero que me viene a la mente es que, en este último año, me he sentido muy cercana a la imagen de Sicilia que llevo dentro, a lo que esta imagen me genera y me transmite. Se trata de una imagen que sirve a facilitar mi búsqueda interior, a alimentar mi deseo de bienestar, a relacionarme con los demás desde una posición más auténtica. Paralelamente, y en muchas ocasiones, he podido compartir con los demás lo que esta imagen representa para mi, además de transmitir mi visión de Sicilia y de la “sicilianidad”. Si me paro a pensar o, más bien, a sentir (se trata de sensaciones que me cuesta explicar con un razonamiento lógico y que atañen más bien lo corporal), me percibo movida por un fuerte impulso generado por la necesidad de “hacer algo” por esta tierra, de devolverle algo, como si de una deuda se tratase. Tengo, además, la clara sensación de que esta deuda la tendré para siempre, que nunca podré cancelarla. Siento que el haber tenido Sicilia tan presente en mi día a día ha servido para que ahora perciba una continuidad entre mi anterior viaje a Sicilia y este último, como si nunca me hubiera ido, en definitiva. Es como si la Sicilia que llevo dentro y la real fueran para mi una sola cosa y que, por esta razón, estar materialmente aquí o no estar no fuera tan diferente. 

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